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біля Ovejería, Pichincha (Ecuador)

El pucará del Salitre es una construcción prehispánica que se encuentra en los límites del Parque Nacional Cotopaxi, del cual se presume que su construcción se debía a motivos estratégicos militares, que controlaba el paso de la Sierra al Oriente.
Los pucarás además estaban situados en línea de vista con otros pucarás, lo que facilitaba la comunicación mediante señales visuales. Este en particular tiene línea de vista con el pucará de Sincholagua, el cerro La Viudita, y éste a la vez con el complejo arqueológico Pambamarca-Quitoloma de la parroquia Cangahua y el pucará Ingaloma que está sobre la laguna de Secas en Pintag.
Para evidenciar esta información nos aventuramos con el investigador Fabricio Estévez, quien nos había propuesto la actividad. En esta ocasión los espartanos Taty, Mayu, Sebas, Celso, Asrael, Mary, la bella Sumi y los infaltables Gatolin y Surigato fuimos capaces de superar la inmensa llanura pedregrosa, el gélido viento y el hambre. Según nuestro itinerario debíamos llegar cerca a una loma alargada en cuya cima se halla unos restos de piedras dispuestas en terraplenes. Además nos anticipó que el lugar era poco frecuentado debido al desconocimiento y falta de interés por estos sitios; sin embargo este día tuvimos la grata sorpresa de presenciar la celebración de la creación del Parque, en el que un grupo de Taytas y los guardaparques agradecían a la Pachamama a través de un ritual cargado de simbolismo.
Esta vez estuvimos muy acompañados y quizá vigilados. Lo bueno es que se intenta recuperar este espacio que es parte de nuestra memoria colectiva.
Posterior a esta actividad nos dirigimos a los Manantiales, y otra vez hallamos a los Taytas y guardaparques. Estaban siguiendo el proceso de un ritual, que aún no acababa. Iban a bañarse en las heladas aguas del Cotopaxi para su purificación.
Nosotros como no llevamos terno de baño, pues solamente almorzamos la comida de marcha y nos regresamos felices a los autos. Únicamente alguien -metió la pata- pero un poco de agua helada no hace daño, gajes del oficio.
Internamente nos despedimos del espacio y del gran Cotopaxi que aparecía espléndido al atardecer y regresamos a Quito.

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